Archivos Mensuales: noviembre 2016

Empresa, familia y paternidad

Me acaban de publicar un artículo en un libro. Se titula “Empresa, familia y paternidad”. Está publicado dentro del libro Buenas prácticas: Hacia el Balance de Vida, Trabajo y Familia. La experiencia en y desde El Salvador.  (Descargable aquí). Copio abajo el texto de mi artículo:

Empresa, familia y paternidad

En Centroamérica más del ochenta por ciento de los cargos directivos en empresas está ocupado por hombres. No tiene por qué ser así para siempre pero así es por ahora. Esto significa que la responsabilidad directa de crear empresas más humanas recae sobre ellos. Por empresas más humanas entendemos aquellas que son capaces de integrar en su dinámica dos realidades esenciales de la economía y de la vida social: la maternidad y la paternidad. Si un directivo no es capaz de organizar el trabajo en la empresa de una manera que facilite el ejercicio de la maternidad y la paternidad corre dos peligros: está minando la sostenibilidad misma de la sociedad y, por otro lado, está creciendo menos de lo que podría crecer como empresa porque su equipo estaría trabajando a marchas forzadas.

Una línea de economistas que culmina con Gary Becker, Premio Nobel de Economía, argumentan que el desarrollo del capital humano es condición indispensable para el crecimiento económico. Y afirman que la familia ocupa un lugar estratégico en ese proceso. Como están las cosas en el mundo, queda claro que la familia es la clave de la sostenibilidad. Sin una tasa de natalidad sana entramos en invierno demográfico; y sin presencia de padres y madres para transmitir valores, entramos en degeneración de costumbres y deterioro del tejido social. Apoyar a la familia para que sea lo que debe ser, es una tarea apremiante en este siglo, particularmente desde la empresa por ser el lugar donde vivimos la mayor parte del tiempo.

En cuanto a trabajar a marchas forzadas, recordaré lo que explica Nuria Chinchilla, autoridad mundial en Responsabilidad Familiar Corporativa (RFC)[1]. Explica que muchos directivos se jactan de los grandes logros que han alcanzado gracias a un estilo de mando insensible a las necesidades personales de los colaboradores. A ellos, les hace este planteamiento: has llegado hasta ahí gracias a ese estilo de mando. Lo que no sabes es qué tan lejos hubieses podido llegar si tus colaboradores tuvieran mayor satisfacción con su balance entre trabajo y familia. El IESE Family Responsible Employer Index (IFREI), de cuya aplicación he sido colaborador desde 2009, ha evidenciado que a mayor RFC, mayor satisfacción de los colaboradores con su balance trabajo-familia, menor intención de dejar la empresa, mayor productividad y mejor calidad de vida.

Por otra parte, veo con satisfacción que la psicología y la pedagogía están dejando cada vez más claro que el padre puede y debe aportar algo más que dinero para el hogar. Los estudios muestran que una mayor presencia del padre en casa, involucrado en juegos, deberes escolares y tareas domésticas, tiene un impacto positivo tanto en hijos e hijas. Ese impacto se manifiesta en mayor estabilidad emocional, mejor rendimiento académico, menor probabilidad de embarazo adolescente, menor probabilidad de consumo de alcohol y drogas y menor probabilidad de conducta delictiva. Algunos especialistas atribuyen ese impacto positivo al hecho de que existe un estilo masculino de educar que no puede ser imitado y  mucho menos reemplazado por el rol de la madre, el cual por su lado es igualmente único e indispensable[2].

Por otra parte, he dirigido dos estudios cualitativos sobre la percepción de directivos y ejecutivos acerca de la paternidad y el balance trabajo-familia;  uno con gerentes generales y directores ejecutivos y otro con gerencias medias, en ambos casos con hijos en edad escolar. En el primer grupo observamos claridad sobre la importancia del aporte del padre a la familia, más allá del aporte económico. Son hombres que organizan su agenda de tal forma que logren integrar su vida familiar, laboral y personal. Pero afirman que lo logran porque son dueños de su agenda. En cambio, en el grupo de gerencias medias, si bien persiste esa claridad sobre la importancia del aporte del padre, señalan con agudeza que no logran atender sus responsabilidades familiares como ellos quisieran porque sus horarios son muy extensos y su flexibilidad es casi nula; no son dueños de su agenda y cargan con presiones y metas estresantes.

Dicho todo lo anterior, intentaré unir todos los puntos. Tenemos datos que muestran cómo trabajar de espaldas a la RFC genera efectos negativos para la organización y para los colaboradores. Eso debería cambiar pero quienes deberían cambiarlo son los que ocupan cargos con capacidad de decisión. Pero esos ejecutivos no van a promover esos cambios si no comprenden o no conocen su propio aporte, único e indispensable a la familia. Pero aquellos hombres que están siendo conscientes de que la RFC va atada a la sostenibilidad misma de la empresa y de la sociedad, y aquellos hombres ejecutivos que han entendido que no tiene sentido hablar de responsabilidad social si no se trabaja de manera eficaz por facilitar la paternidad y la maternidad, esos son los que están comenzando a ser parte de la solución. En gran medida, son hombres que toman en serio la dedicación a su familia y quieren que esa felicidad se contagie a todos sus colaboradores.

Atendí la petición que EMPREPAS me hizo de escribir estas líneas porque estoy convencido de la importancia de dar a conocer las buenas prácticas de esas empresas que están empujando la actividad empresarial hacia ese escenario más humano y sostenible. Felicitaciones a las empresas salvadoreñas que son protagonistas en esta guía y ánimo a las que quieren comenzar este camino altamente satisfactorio.

[1] La Responsabilidad Familiar Corporativa (RFC), un término acuñado por Nuria Chinchilla, se define como el grado en que las empresas promueven un estilo de liderazgo, una cultura organizacional y unas políticas que facilitan que sus colaboradores alcancen la integración de su vida laboral, familiar y personal. La RFC se mide o evalúa por medio del IESE Family Responsible Employer Index (IFREI).

[2] Poli, O. (2012), “Corazón de padre. El modo masculino de educar”, Madrid: Palabra; Debeljuh (2013), P. en “Varón + Mujer = Complementariedad”, México: Lid Editorial.

 

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La enfermedad de estar ocupado

Transcribo un artículo escrito hace un par de años pero igualmente vigente. Que cada quien haga su análisis y tome medidas… es importante. El original puede ser consultado AQUÍ.

La enfermedad de estar ocupado

Hace unos días me encontré con una buena amiga. Me detuve para preguntarle qué tal le iba y saber cómo estaba su familia. Puso los ojos en blanco, miró hacia arriba y en voz baja suspiró: “Estoy muy ocupada… muy ocupada… demasiadas cosas ahora mismo.”

Poco después, le pregunté a otro amigo y le pregunté qué tal estaba. De nuevo, con el mismo tono, la misma respuesta: “Estoy muy ocupado, tengo mucho que hacer.”

Se le notaba cansado, incluso exhausto.

Y no sólo nos pasa a los adultos. Cuando nos mudamos hace diez años, estábamos emocionados por cambiarnos a una ciudad con buenos colegios. Encontramos un buen vecindario con mucha diversidad de gente y muchas familias. Todo estaba bien.

Después de instalarnos, visitamos a uno de nuestros amables vecinos y les preguntamos si nuestras hijas podrían conocerse y jugar juntas. La madre, una persona realmente encantadora, cogió su teléfono y empezó a mirar la agenda. Pasó un rato deslizando la pantalla y al final dijo: “Tiene un hueco de 45 minutos en las próximas dos semanas. El resto del tiempo tiene gimnasia, piano y clases de canto. Está muy ocupada.”

Los hábitos destructivos empiezan pronto, muy pronto.

¿Cómo hemos terminado viviendo así? ¿Por qué nos hacemos esto a nosotros mismos? ¿Por qué se lo hacemos a nuestros hijos? ¿Cuándo se nos olvidó que somos “seres” humanos y no “haceres” humanos?

¿Qué pasó con el mundo en el que los niños se ensuciaban con barro, lo ponían todo perdido y a veces se aburrían? ¿Tenemos que quererlos tanto como para sobrecargarlos de tareas y hacerles sentir tan estresados como nosotros?

¿Qué pasó con el mundo en el que podíamos sentarnos con la gente que más queremos y tener largas conversaciones sobre nosotros mismos, sin prisa por terminar?

¿Cómo hemos creado un mundo en el que tenemos más y más cosas que hacer con menos tiempo libre (en general), menos tiempo para reflexionar, menos tiempo para simplemente… ser?

Sócrates dijo: “Una vida sin examen, no merece ser vivida.”

¿Cómo se supone que podemos vivir, reflexionar, ser o convertirnos en humanos completos si estamos constantemente ocupados?

Esta enfermedad de estar “ocupado” es intrínsecamente destructiva para nuestra salud y bienestar. Debilita la capacidad de concentrarnos completamente en quienes más queremos y nos separa de convertirnos en el tipo de sociedad que tan desesperadamente clamamos.

Desde los años 50 hemos tenido tantas innovaciones tecnológicas que nos prometimos hacer nuestras vidas más fáciles, más rápidas, más sencillas. Aun así, hoy no tenemos más tiempo disponible que hace algunas décadas.

Para algunos de nosotros, “los privilegiados”, las líneas entre el trabajo y la vida personal desaparecen. Siempre estamos con algún aparato. Todo el tiempo.

Tener un smartphone o un ordenador portátil significa que deja de existir la división entre la oficina y nuestra casa. Cuando los niños se van a la cama, nosotros nos conectamos.

Una de mis rutinas diarias es revisar una avalancha de correos. Me suelo referir a esto como “mi yihad contra el correo”. Estoy constantemente enterrado bajo cientos y cientos de correos, y no tengo ni la más remota idea de cómo detenerlo. He intentado diferentes técnicas: respondiendo sólo por las mañanas, no respondiendo los fines de semana, diciéndole a la gente que nos comuniquemos cara a cara… Pero siguen llegando, en cantidades ingentes: correos personales, correos del trabajo, incluso híbridos. Y la gente espera una respuesta a esos correos. Ahora, resulta que quien está demasiado ocupado soy yo.

La realidad es muy diferente para otros. Para algunos, tener dos trabajos en sectores mal pagados es la única forma de mantener una familia a flote. El veinte por ciento de los niños de EE.UU. viven en la pobreza y muchos de sus padres trabajan por salarios mínimos para poner un techo sobre sus cabezas y algo de comida en la mesa. También están muy ocupados.

Los viejos modelos (incluyendo el del núcleo familiar sólo con un padre trabajando, si es que tal cosa alguna vez existió) ha pasado de largo para muchos de nosotros. Sabemos que existe una mayoría de familias en las que la unidad familiar está separada o con ambos padres trabajando. Y no funciona.

No tiene que ser así.

En muchas culturas musulmanas, cuando quieres preguntarle a alguien qué tal le va, dices: en árabe, ¿Kayf haal-ik? o, en persa, ¿Haal-e shomaa chetoreh? ¿Cómo está tu haal?

¿Qué es ese haal por el que preguntas? Es una palabra para preguntar por el estado transitorio del corazón de uno. En realidad preguntamos “¿Cómo está tu corazón en este momento exacto, en este mismo suspiro? Cuando nosotros preguntamos “¿Qué tal estás?”, esto es exactamente lo que queremos saber de la otra persona.

No pregunto cuantas cosas tienes por hacer, no pregunto cuantos correos tienes pendientes de leer. Quiero saber cómo estás en este preciso momento. Cuéntame. Dime que tu corazón está contento, dime que tu corazón está dolorido, que está triste y que necesita contacto humano. Examina tu propio corazón, explora tu alma y después cuéntame algo sobre ambos.

Dime que recuerdas que sigues siendo un ser humano, no sólo un “hacer” humano. Dime que eres algo más que una máquina completando tareas. Ten esa charla, ese contacto. Ten una conversación sanadora, aquí y ahora.

Pon tu mano en mi hombro, mírame a los ojos y conecta conmigo por un segundo. Cuéntame algo sobre tu corazón y despierta al mío. Ayúdame a recordar que yo también soy un ser humano pleno que necesita contacto con otros humanos.

Enseño en una universidad en la que hay muchos estudiantes orgullosos de si mismos con el estilo de vida “estudiar mucho, desfasar mucho”. Esto probablemente podría ser un reflejo de buena parte de nuestro estilo de vida.

No tengo soluciones mágicas. Lo único que sé es que estamos perdiendo la capacidad de vivir una vida plena.

Necesitamos una relación diferente con el trabajo y la tecnología. Sabemos lo que queremos: una vida con significado, sentido de humanidad y una existencia justa. No es sólo tener cosas. Queremos ser completamente humanos.

W. B. Yeats escribió una vez:
“Se necesita más coraje para escudriñar los rincones oscuros de tu propia alma que para luchar en un campo de batalla.”

¿Cómo se supone que vamos a examinar los rincones oscuros de nuestra alma si no tenemos tiempo? ¿Cómo podremos vivir una vida sujeta a examen?

Siempre soy prisionero de la esperanza, pero me pregunto si estamos dispuestos a reflexionar sobre cómo hacerlo y sobre cómo vivir de otra manera. De alguna forma, necesitamos un modelo diferente de reorganización individual, social, familiar y humanitario.

Quiero que mis hijos se ensucien, que lo ensucien todo y que incluso se aburran. Quiero que tengamos un tipo de existencia en el que podamos detenernos por un momento, mirar a otras personas a los ojos, tocarnos y preguntarnos mutuamente ¿cómo está tu corazón?. Me estoy tomando tiempo para reflexionar sobre mi propia existencia; estoy lo suficientemente en contacto con mi propio corazón y alma para saber cómo me siento y para saber cómo expresarlo.

¿Cómo está tu corazón hoy?

Déjame insistir en un tipo de conexión humano-a-humano en la que cuando uno de nosotros responda “Estoy muy ocupado”, podamos responder “Lo sé. Todos lo estamos. Pero quiero saber cómo está tu corazón.”

Artículo original por Omid Safi
Traducción por Al gluten, buena cara