¿Qué hicimos con el bono demográfico?

La solución no es tan sencilla como “no tener hijos para mejorar la calidad de vida”. A continuación me limito a transcribir un artículo interesante de El Vigía, un medio de comunicación mexicano.

¿Qué hicimos con el bono demográfico?

México requiere pensar en formas innovadoras para aprovechar los 10 años que le quedan a la población económicamente activa, y crear un bono de género con una mayor participación laboral de la mujer.

12/07/2016 | Silvia E. Giorguli*/AGENCIA REFORMA
sgiorguli@colmex.mx | Ciudad de México

En nuestras clases de geografía en la secundaria aprendimos que el Estado estaba conformado por población, territorio y gobierno. Al territorio lo identificamos con los enormes recursos naturales de un país, especialmente diversos y de gran riqueza en el caso mexicano y que ameritan nuestra atención y cuidado.

La población, en contraste, se entiende menos como un recurso. Influenciados por la herencia del paradigma malthusiano, hemos visto a la población como un “problema” que requiere atenderse, más que como un recurso indispensable para el desarrollo del país.

La política de población de la década de los 70 se diseñó para “resolver” el problema poblacional a través del control de la natalidad, y en ello concentró sus mayores esfuerzos.

El cambio esperado se dio y la fecundidad se redujo rápidamente en todo el país. En una generación, el número de hijos promedio por mujer bajó de 6.7 a mediados de la década de los 70, a alrededor de 2.2 el día de hoy.

Preocupados por los peligros de la “explosión demográfica”, nos ocupamos poco en pensar sobre las oportunidades que se derivarían del cambio demográfico y la forma como se podría aprovechar el nuevo panorama poblacional. De alguna manera, estaba subyacente la idea de que la caída en la fecundidad resultaría en automático en un mejor escenario para el país y para las familias.

A 40 años de cambio demográfico, no vemos el bienestar esperado ni a nivel nacional ni a nivel familiar. Aquel exitoso eslogan perdió su tono asertivo por uno dubitativo: la familia pequeña ¿vive mejor?

Cambio sin resultados

¿Por qué no pudimos capitalizar los beneficios de un contexto demográfico más favorable? De no haberse dado el cambio demográfico, en 2000, hubiéramos sido 50 millones más de los 97 que contó el censo ese año; si le sumamos los 12 millones que migraron a Estados Unidos en las últimas dos décadas y sus descendientes (aproximadamente otros 10 millones), es probable que los problemas para atender las necesidades de servicios de la población mexicana hubieran sido más agudos. Aún así, los resultados no son los esperados.

Los momentos de mayor caída de la fecundidad y mayor emigración hacia Estados Unidos coinciden con el aumento en la desigualdad socioeconómica y la persistencia de la pobreza.

El ritmo más lento en el crecimiento de la población en edades escolares coincidió con un incremento importante en la cobertura, pero no con un aumento en la calidad educativa.

La menor presión demográfica sobre los sistemas de salud y de seguridad social no se tradujo en mejores servicios públicos.

La desaceleración en el crecimiento demográfico tampoco estuvo asociada con un panorama de mayor crecimiento o mejor desempeño en las variables económicas, como sí ocurrió en su momento en otros países.

Desde la perspectiva demográfica, el rápido cambio resultó en una ventana única en la historia del país durante la cual habremos tenido las más bajas tasas de dependencia; en eso consiste el bono demográfico.

El número de dependientes económicos por población en edad de trabajar es hoy la mitad del observado en 1970. Esta ventana prácticamente se ha cerrado. Nos quedan 10 años más antes de que la tasa de dependencia empiece a subir por el proceso de envejecimiento.

Hubiéramos necesitado mejores estrategias para apoyar a los jóvenes en su formación para la vida y el trabajo, para fomentar el retraso en la edad al matrimonio y al nacimiento del primer hijo hasta una vez terminada dicha formación, para disminuir las muertes violentas (por homicidio y accidentes) entre los jóvenes y la emigración, que pueden verse ambas como pérdida de recursos y talentos.

Faltó también una mayor integración para que el mercado de trabajo aprovechara el potencial del bono demográfico y un contexto económico que favoreciera el ahorro y la inversión productiva necesarios para capitalizarlo.

Los países que aprovecharon el bono demográfico entendieron que había que prepararse para potenciar el enorme recurso que esta población joven representaba para el desarrollo del país.

Diez años por aprovechar

Los 10 años que nos quedan en México son insuficientes bajo la dinámica del sistema económico actual. Aún así, el escenario demográfico conserva algunos aspectos positivos.

La población que demanda escuelas ya no crecerá, lo que debería generar un ambiente más favorable para la mejora en la calidad de la educación. El número de jóvenes y adultos jóvenes en la primera etapa de su vida laboral (20-39) seguirá creciendo por 10 años más hasta estabilizarse en poco más de 44 millones.

Las tasas de dependencia aumentarán lentamente después de 2025 y tendremos la opción de aumentar la participación de la población en edades laborales, especialmente de las mujeres, en el mercado de trabajo.

Requerimos pensar en formas innovadoras para aprovechar los 10 años que nos quedan de bono demográfico y crear un posible bono de género, el cual resultaría de la mayor participación laboral de las mujeres. Ninguno de los dos bonos son automáticos. Hay que ganárselos.

En el escenario cercano del acelerado incremento de la población de 60 años y más, capitalizar los bonos se vuelve tan urgente como fue urgente anticiparnos a las consecuencias del rápido crecimiento demográfico.

*La autora socióloga por la UNAM, maestra en Demografía por El Colegio de México y doctora en Sociología por la Universidad de Brown. Desde septiembre de 2015 preside el Colmex.

A 40 años de cambio demográfico, no vemos el bienestar esperado ni a nivel nacional ni a nivel familiar. Aquel exitoso eslogan perdió su tono asertivo por uno dubitativo: la familia pequeña ¿vive mejor? .

 

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